Los anarquistas

. . . hacia la conciencia, la conciencia cuerpo, la conciencia que recupera el instinto, el primer instinto, el de la vida, de la sobrevida no. Y en esa vía el anarquista asumió la muerte, la propia y la de los culpables, el daño ocasionado a quién no se ha querido dañar, ese hecho tan excepcional con el que algunos compañeros tuvieron la desgracia de toparse, ése, lo asumieron como una herida profunda.

Mi abuelo, Victorio Fiorito, militante de la F.O.R.A., de su grupo de choque, fue un precioso hombre de alma delicadísima. Analfabeto al que enseñaron a leer y escribir los compañeros en la cárcel, allí fue también donde conoció a mi abuela Azucena Borrás que lo visitaba con el Comité Pro Presos. Fue sumamente reservado, como lo fueron siempre los compañeros, pero se sabía familiarmente y en el Movimiento, que de aquellos choques de los que fue protagonista, resultaron varias muertes enemigas. Mi abuelo conservó una mirada tiernísima por siempre, pero expresó también de muchas maneras que en la muerte se muere. No por un sentido cristiano, sino por su contrario, un sentido profunda y verdaderamente humano. Miles de compañeros han asumido la violencia y la muerte con total potencia y convicción, pero siempre desde este saber, sin negarlo ni pretender hacerlo pasar por otra cosa. Con dolor y grandeza. Grandeza, a la que en mi infancia tuve la suerte de conocerle el rostro a través del de muchos viejos compañeros: mis propios abuelos, Pepe Damonte, Gregorio Nasso, mis padres, Martínez, Borusso, mis tías abuelas, Carlos, el Cholo, Emilio Uriondo (que venía a visitarnos a casa desde La Plata en colectivo con sus ochenta años, después de haber expropiado miles de miles…) entre otros tantos compañeros de los que no retuve el nombre, en ese creer infantil de que estarían por siempre. También está ese rostro en el de compañeros de hoy, claro! pero no es tan amplio el espectro, ni tan claro, y de embarrar la cancha, el Poder, el Estado, el enemigo, hace su mejor arma.

Que cualquier medio justifica el fin, es el primer elemento que destruye el fin, o más bien, el fin supuesto. Ya que posiblemente no sea más que la excusa que desarrolla aquello que ha logrado imprimir el Sistema en miles de cuerpos como micropolítica: el desprecio por sí y por todo.

“Cualquier medio sirve”, “No importa ninguna consecuencia”, quieren ser presentados hoy, como conceptos radicales, y no traen más que lo conocido y sufrido a lo largo de toda la Historia. Son la seguridad del Sistema, lo reproducen.

Los anarquistas han constituído la resistencia más grande a lo establecido, por sus acciones pero sobre todo por la ética irreductible que las sustentaron.

 

S. F.

* Texto extraído de La Protesta.

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